Escapismo
Lo bueno de ser un poeta peregrino es que cerras los ojos y los abrís en cualquier lugar. No hay anclaje en ningún lugar. Es por eso que después de barrer la vereda, puse llave a la puerta del negocio y entorné los ojos. Sentí la arena coralina humedeciendo mi piel sin quemarla, mientras mis pupilas se acostumbraban al reflejo de ese mar de siete colores que me abrazaba con todos los sentidos. Aspiré el aire salino hasta que los olores a naufragios milenarios inundaron las células de mi vientre y mi plexo. Silencié los versos que nacieron en el aire, ni siquiera ellos podían aún comprender. Por los poros intuí en la brisa susurros que me hablaban de sangre derramada en los caracoles. Me contaban de ingleses, portugueses y españoles que llegaban y aturdían. Mataban y se quedaban. Robaban y empobrecían. Escuchaba una lengua que nació para engañar a otra lengua. Y lo entendía en las venas, que saben de traición. Entonces vislumbré su espalda, huyendo como un fan...