jueves, 27 de junio de 2013

Entrerriano Amor




Cada vez que llego a un pueblo donde debo comenzar un nuevo trabajo (vendo rifas y cada tres meses cambio de pueblo), me tomo el primer día para impregnarme de él. Recorro sus calles, me siento en los bancos de sus plazas para observar a los transeúntes, curioseo sus vidrieras. Me tomo mi tiempo para charlar con la gente del lugar, sobre cualquier tema, y así acostumbrarme a sus tonadas, sus modismos, su perspectiva singular (que la tiene cada pueblo) de ver pasar los días.

            Así, en mi primer día de campaña en Victoria, sentado en una de las diagonales de la plaza, la vi a Carmen, sentada en un banco de la diagonal que estaba frente a mí. Inconfundible, era ella. Retacona, rubia, con un pantalón negro tipo bombacha, zapatos negros más grandes de lo que podían llegar a ser sus pies, una camisa con todos los colores posibles, y coronando su testa, un sombrero galera negro, de ala ancha, que terminaba de dibujar su figura, rozando los límites de una caricatura.

            Su rostro pintado, mezcla de payaso y prostituta, llamaba la atención de los ocasionales paseantes que se cruzaban con ella, y despertaban la imaginación, como lo había hecho conmigo el primer día, en la plaza de Concepción del Uruguay, hace ya alrededor de cuatro años. Mujer de edad –debía andar por los sesenta- aparentaba muchísimos más por los ajetreos propios de su vida.

            Me quedé observándola de lejos. La vi hacer la misma ceremonia de siempre. Con cuatro palos demarcar una pista de circo imaginaria, desplegar todos sus instrumentos de trabajo –palos, pelotas, aros, etc.- y una vez que tenía el público que ella consideraba suficiente (dos o tres), con un tono de voz grave, como imitando un presentador oficial, plantarse en tercera persona: “Con ustedes, la malabarista más famosa de todos los circos del país, en su décimo año de gira nacional... Acérquense y no se pierdan el mejor espectáculo... Con ustedes... La inigualable... Carmen...”

            Realmente era muy buena en lo que hacía. Y los que se paraban a observarla quedaban hipnotizados la media hora que duraba la función. Era una artista, con mayúsculas, de los malabares.

            Esta era la tercera vez que me la cruzaba en un pueblo. A  dos años de conocerla, la volví a ver en Bovril, haciendo en la plaza el mismo espectáculo que la había visto hacer en Uruguay y el que vi esa mañana en Victoria. En un boliche de mala fama de Bovril fue donde me enteré de una parte de su historia. De ese fragmento de su vida que le daba sentido a su nómade locura. Allí me contaron que desde hacía diez años  vagaba de pueblo en pueblo, con su arenga y con su facha de personaje extraído de una obra de grotescos, en busca de su entrerriano amor extraviado.

            Fue en un circo de Tucumán donde lo conoció. Se enamoraron a primera vista como suele suceder en todos estos casos. El la esperó al término de la función como era de rigor, con un ramo de rosas. Hechizado por su cuerpo frágil y sus piruetas imposibles, le declaró su amor en la primera salida, en un restaurante del centro. Ella, impresionada por ese hombre de su misma edad, seguro de sí, alto, con algunas canas ya, de finos modales, se dejó cautivar y se enamoró perdidamente, entregándole el cuerpo y el alma esa misma noche.

            Ella era para ese entonces una mujer madura, con experiencia. Hija y nieta de artistas de circo, Carmen tenía una sensibilidad superior a la de otras mujeres de su edad. Que un hombre la movilizara de semejante modo, para ella sólo podía significar que ése era el amor de su vida. Carmen ya había estado enamorada, de su primer marido, el padre de sus dos hijas. Lo había conocido en el circo, era uno de los payasos. Había querido el destino que su amor durara lo justo para engendrar unas mellizas adorables que eran su perdición, después se lo llevó en un accidente en la ruta, entre pueblo y pueblo.

Cuando Carmen conoció a Ricardo, las mellizas ya tenían catorce años y eran, junto a ella, las acróbatas más aplaudidas del circo. Después de un mes de relación intensa, Carmen decidió presentarle las chicas a Ricardo. Todo parecía encaminarse hacia una pareja feliz. Y fue así durante un prometedor e intenso año.

            Un día Ricardo le pidió irse solo a Entre Ríos a visitar su familia. Carmen lo despidió en la terminal de San Miguel de Tucumán, con la tristeza de ver partir a un ser querido, pero a la vez con la tranquilidad, con la seguridad de su regreso.

            Fueron pasando los días para Carmen y con ellos la expectativa fue aumentando. Fueron pasando los meses y la expectativa fue mutando en angustia y desesperación. Al año, Carmen ya se encontraba sumida en la más profundas de las depresiones, alejada de las pistas del circo y postrada en su cama. Lo peor para ella era no saber si había sido abandonada o si el destino nuevamente le había arrebatado su amor. La incertidumbre iba carcomiendo sus pensamientos, sus entrañas, sus huesos. Dejó de alimentarse y con el correr de los días cayó en una somnolencia permanente, de la cual las hijas estaban convencidas de que no iba a despertar.

            En ese estado permaneció una semana, hasta que un atardecer despertó como quien despierta de la siesta. Cenó ávidamente esa noche tras el largo ayuno, y les dijo a sus hijas que al amanecer iba a partir de viaje, que no se preocuparan, que volvería en poco tiempo con Ricardo. Les contó que lo había visto en un sueño, que le dijo que la esperaba en un pueblito de Entre Ríos, del que no se acordaba el nombre, pero que ella no iba a tener dificultad en encontrar. Contra la fuerza de la decisión tomada, las hijas nada pudieron hacer, sólo ver a su madre desquiciada partir en una búsqueda casi imposible.

            Así como me contaron en ese tugurio, comenzó la gira de Carmen. Uno por uno recorrió todos los pueblos de ambas costas entrerrianas. Cuando había paseado su espectáculo y su ilusión por todos y no le quedaba caserío por visitar, comenzó nuevamente su circuito con la misma seguridad en el corazón.

Era la segunda vez que pasaba por Bovril en seis años. Allí me contaron también que todas las noches que se quedaba en el pueblo iba al boliche a tomar un vaso de ginebra. Y que todas las noches, se iba con alguno de los parroquianos a su cuartito del hotel, llamándolo “Ricardo, mi entrerriano amor”. Todas las noches uno distinto. Así los cinco o seis días que se quedaba en el pueblo.

            Sentado en el banco de la plaza de Victoria, vi a Carmen desarmar su escenario improvisado, y juntar sus cacharpas para irse al hotel. En ese momento recuerdo su historia, la que me contaron en Bovril, y me pregunto si será verdad.

Esa noche recorrí todos los boliches de Victoria buscándola. Esa noche la encontré y cumplí con el ritual que ella esperaba. Me senté a su lado y la convidé con un vaso de ginebra. Ella me hablaba de su gira y de cómo me había estado buscando por todos los pueblos esos diez años.


 La enamoré esa noche. Y por esa noche, yo fui Ricardo, su entrerriano amor.

sábado, 1 de junio de 2013

Bolas de espejos

El ambiente en el bowling era espeso. Música estridente que salía de una cofradía de altoparlantes, humo de cigarrillos prohibidos pero que encontraban los recovecos para escaparse, vaho de alcohol en las gargantas enrojecidas.
Ella sobresalía entre todas las demás. Sentada a unos metros de mi mesa, su sonrisa era imposible que pase desapercibida. Sus encías y sus dientes, prominentes ambos, le daban a su rostro alargado y mestizo, una belleza exótica y llamativa.
Él era el típico clase media carilindo, bien vestido peinado y afeitado. Tez blanca y sonrisa al tono.
Llegaron juntos y se sentaron junto a una pareja que aparentemente eran sus amigos, por un momento imaginé que ellos también eran pareja. Ella, levemente encorvada, de ojos tristes pero enamorados, no dejaba de mirarlo de un modo que interpreté con ternura.
No había demasiado diálogo, más bien intercambio de palabras en medio del ruido y la mayor parte del tiempo él se distrajo con su amigo mientras ella lo observaba y disimulaba una trivial conversación con la amiga.
Yo me distraje con la pizza de rúcula y jamón crudo que habíamos pedido y de la cual no llegué a probar más que media porción. Cuando volví a la historia que me envolvía, mientras mis compañeros se perdían en anécdotas laborales que poco y nada me interesaban, él no se encontraba más en la mesa. 
Ella bailaba sola, sentada en una mesa apartada (la pareja de amigos se había perdido por ahí). Me quedé dibujando en mi mente ese rostro que se me descubría bajo las sombras de las bolas de espejos que iluminaban el antro.
Tres temas de los años ochenta tuvieron que pasar para que él regresara. Acompañado. Por una rubia compañera que hacía juego con su reloj de pulsera y la camisa de seda. Parecían pareja de revista de chimentos.
Cuando se sentaron al lado de ella, y comenzaron a coquetear, la tristeza de sus ojos se derramaron por todo su cuerpo y alcancé a sentir el frío rozando mis pupilas. La pareja, excluida por completo, se miraba, se tocaba, rozaban sus piernas y sus labios parecían llamarse a gritos azules.
Ella hacía lo imposible por sonreir, por acompañar a la pareja en su incipiente felicidad. Quería ser parte, aunque sea tangencialmente, de ese momento especial que sabía que nunca iba a ser suyo.
Por un segundo nuestras miradas se cruzaron. El reproche se me hizo estrella en los oídos y tapó la música, las risas y el espanto. Me levanté de la mesa y me fui.

viernes, 22 de marzo de 2013

HEN TICA - del Libro "Narsiza y otros cuentos"


     Se sentó en la roca que lo aguardaba hermética, desde hacía siglos, pacientemente esculpida con los susurros de la historia. Era la hora exacta, el cansancio justo, la memoria necesaria y la lucha prevista. Hen Tica enjugó el sudor de su frente con el poncho de vicuña, y escondió la mirada entre las palmas de sus agrietadas y sufridas manos de hombre  aguerrido.

     Llevaba siete días de incansable caminata. Soportando los embates de los vientos, la inclemencia del sol (el mismo que lo venía guiando para evitar que se pierda y regresara por los mismos senderos). Hen Tica se sentía fuerte en su misión. No quería siquiera mirar para atrás y llegar a añorar lo que dejaba en su pasado. Su pueblo ya no era más su pueblo. Su familia ya no era más su familia. En el camino se iba buscando a sí mismo y lo acechaba la convicción de que una vida nueva bien valía el sacrificio. Lo había visto en las aves que merodeaban su cueva. Se lo habían dejado entrever en las vigilias sus maestros.

     Hen Tica era conciente de que su búsqueda era también una huida. Iba en pos de su futuro escapando de las injusticias y las atrocidades de su pueblo. Nunca más admitiría que su vida quede en manos de aquellos que lo consideraban un ser inferior. Sentado en la roca, abrió los ojos y los elevó a la estrella interrogando por su presente. Atrás habían quedado  dos aldeas con sus habitantes generosos y comprensivos. Sus sueños le avisaban que aún restaban piedras por transitar, senderos por ascender y arroyos por beber.
                                                                                          
     El cóndor le enseñó los pasos necesarios para acceder a la cima de Los Gigantes. Tres días y tres noches fueron necesarios para que Hen Tica arribara exhausto a la roca más alta, desde la que se le permitía, no sólo contemplar la tierra que había dejado atrás con sus ideales, sino también toda la extensión de pampas y cumbres  que le quedaba por delante. Pidió permiso a las nubes y a las sierras, y bebió del manantial de la roca más elevada. Pidió permiso a las sierras y a la tierra, y comió de las fresas silvestres en las cercanías del arroyo que formaba el manantial. Se ubicó en una cueva custodiada por tres rocas bien dispuestas, se arropó con el poncho, y se entregó  a la noche y a sus mundos, con los ojos bien cerrados y la esperanza bien despierta.

     Al amanecer, el olor a peperina y a burro que se esparcía con el rocío, junto con el canto de los siete colores que parecía saludarlo, dieron a Hen Tica un despertar cálido. En el sueño los maestros le dieron la señal y supo distinguir en ella la cercanía de su destino. Se incorporó para ir movilizando los huesos y los músculos al tiempo que agradecía el nuevo día, mirando al cielo, agradeciéndole al sol y a la luna. En la danza de los peces que lo saludaron al momento de beber en el arroyo, vio el camino a seguir durante los siguientes días. Se paró en la cima, de espaldas al sol, y recorrió con la vista las tierras que le eran conocidas desde siempre. Con la plena certeza de que era la última vez que las vería, dio media vuelta, hizo su reverencia al sol, y se aventuró a lo desconocido.

     Tres meses recorrió los senderos de las sierras. Su mirada iba siendo cada vez menos íntima, su voz cada vez más fuerte. Los nuevos paisajes le hablaban de la grandeza que había en toda la creación al mismo tiempo que le señalaban lo pequeño que somos dentro de todo lo pequeño. En los sueños los maestros le decían que la próxima sería la última, la más difícil, la más solitaria. La tranquilidad con la que desafió el último peñasco era un símbolo de las respuestas que fue incorporando.

     Cuando por fin, se sentó en la cima, se despojó de su poncho, y con el corazón henchido de alegría no podía creer lo que sus ojos veían. A lo lejos divisó en el valle su butus*.  Elevó la vista a los cielos y agradeció. Cerró los ojos al mundo, y agradeció. Sereno, emprendió el descenso a su morada, aquella de la que huyó, la que tanto anhelaba.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Inexorablemente circular

Luis caminaba siempre en círculos. Más bien en cuadrados, porque la ciudad estaba dividida en manzanas. No recordaba a ciencia cierta cuándo había empezado con esa costumbre, lo cierto es que ya no podía o no quería transitar la  vida de otra forma.

            Obviamente para todos, excepto para él, esto le causaba un sin fin de inconvenientes que la mayoría de las veces con un poco de ingenio se podían subsanar. Un ejemplo sería que para ir de su casa ubicada en  calle Sarmiento al supermercadito y luego volver,  a cualquier otro ser humano le bastaba con realizar un par de cuadras, ya que se encontraban en la misma calle a una cuadra de distancia. A Luis le insumía recorrer seis cuadras, porque además de caminar solamente en círculos (o cuadrados), él jamás lo hacía sobre sus pasos. Por lo tanto, cuando salía del supermercado, daba toda la vuelta a las dos  manzanas para regresar a su casa. De esta manera, decía Luis, el viaje era perfecto. De lo contrario, al volver por el mismo camino lo estaría deshaciendo, o lo que sería peor, lo estaría repitiendo.

            Desde luego esto no solamente le demandaba un desgaste físico mayor a Luis, sino que el tiempo que le tomaba realizar un trámite superaba la media de cualquier otro par. Esto se lo habían hecho notar en su trabajo con una notificación por demoras injustificadas y abusivas de su parte. La solución fue una bicicleta en la puerta de su trabajo. Cada vez que tenía que salir a llevar algún documento lo hacía pedaleando. Al principio fue una salida, ya que evidentemente iba más rápido que de a pie, pero con la manía de respetar  mano y contramano, las vueltas en el biciclo eran cada vez más exageradas. Al final terminó siendo la misma pérdida de tiempo.

            Para Luis eran todos detalles menores. Desde hacía más de veinte años su vida giraba por la ciudad y no reparaba en las minucias que esto le provocaba. No tenía ninguna creencia en particular sobre el tema, tampoco era una cábala o atisbo semejante. Simplemente en algún recoveco de su historia sus caminos se fueron curvando y terminaron por llevarlo siempre al mismo lugar. Aunque los círculos (o cuadrados) se fueran agrandando, los fuera concatenando con otros y lo fueran llevando cada vez a regiones más desconocidas, el punto final era siempre su casa. Su cálida, reconfortante y circular casa.

En todos estos años casi no hubo novia que le haya sabido comprender sus peculiaridades. La única que intentó al menos entender su historia, la abandonó porque vivía en una diagonal, un error imperdonable a su entender en la planificación urbanística de la ciudad. Con el correr de los días su vida afectiva terminó siendo también una órbita que acababa siempre en la misma soledad.

Lo fastidiaba lo no circular. Lo inquietaba el hecho de que los recorridos de los colectivos sean tan lineales. Por esto no tomaba colectivos. Y no le importaba tener que pagar de más para obligar a los taxistas a llevar la ruta que él les marcaba. Había que ver la cara de los choferes ante la insistencia de aquél pasajero en realizar un trayecto mucho más largo que el habitual. O la de los pocos amigos que le quedaban cuando salían juntos a caminar. La mas de las veces terminaba peleado con alguno de ellos.

Con todo, hubo una época, desde los quince  a los dieciocho años, que se sintió fascinado por todo lo que tuviera ángulos. Sin dejar sus hábitos, llenó la pieza de cuadros, de posters; las estanterías de libros, de cajitas de  discos compactos. En el colegio dibujaba en los márgenes de las hojas  toda clase de cuadrados, rectángulos, polígonos, triángulos. Hasta que empezó a trabajar y fue perdiendo progresivamente la práctica del dibujo.

A pesar de todos estos inconvenientes, Luis nunca cuestionó la circularidad de sus acciones.

El último día, se había dispuesto a poner sus ideas en orden después de una agotadora jornada de trabajo. Cerró con llave la puerta del departamento y se fue sin rumbo fijo. Mientras iba caminando siempre fiel a su estilo particular de ir por la vida, sus pensamientos iban divagando entre la infancia y la adolescencia, entre su familia, sus amigos y sus amores. Por primera vez en la vida, sin cuestionárselo, estaba tratando de entender en qué punto del camino había torcido el volante de su historia de esta manera. Por primera vez en la vida estaba tomando conciencia de que se encontraba atascado entre los rayos de una rueda que no lo dejaba avanzar más allá del radio de la misma  y que lo devolvía siempre al mismo punto de partida.

A la hora  y media aproximada de caminata dobló en una esquina e inmediatamente comprendió toda su vida y aceptó su destino. Se encontró con un callejón, una rampa por donde solían bajar las lanchas y el río, única continuación de la calle en la que entró  Luis con sus cavilaciones. Con la tranquilidad que le daba el hacer lo que tenía que hacer, Luis no volvió sobre sus pasos. Sereno y feliz, siguió su camino rampa abajo, internándose lentamente en el lecho del río hasta que el agua mansa y dulce lo cubrió completamente.

Inmutable, Luis no se fue de nosotros. Nació y se encuentra siempre presente en el recuerdo de toda una ciudad, como personaje en infinidad de anécdotas que giran siempre alrededor de lo mismo.

viernes, 24 de agosto de 2012

Crowdfunding o Financiamiento Colectivo

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