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Cuatro años de silencio...
No significa que el Peregrino no haya estado caminando en todo este tiempo... Probablemente tanto andar y andar haya acallado los sonidos externos o éstos hayan sido ahogados por las voces interiores que gritaban tanto... tanto...
Los viajes no son ni bonitos ni feos... No hay una palabra para definir las sensaciones que atraviesan la piel mientras el caminante desafía las arenas, las piedras, las olas, las montañas, los dolores, las ausencias.
Experimentar en soledad los estados más agudos, los sonidos más graves, descalzo, sin saber adónde es que termina el recorrido. Ése es el desafío.
Hay en el tiempo tantas voces apagadas que dificultan la respiración de vez en cuando. Son vacíos inevitables. Huecos que socavan las esperanzas más elevadas y enraizadas. Penumbras que probablemente jamás alcancen a cerrar las ventanas y sin embargo son tan oscuras.
Hoy la palabra le permite al Peregrino permitirse una mirada.
Hacia atrás, hacia los costados, hacia adentro.
Y co…

Entrerriano Amor

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Cada vez que llego a un pueblo donde debo comenzar un nuevo trabajo (vendo rifas y cada tres meses cambio de pueblo), me tomo el primer día para impregnarme de él. Recorro sus calles, me siento en los bancos de sus plazas para observar a los transeúntes, curioseo sus vidrieras. Me tomo mi tiempo para charlar con la gente del lugar, sobre cualquier tema, y así acostumbrarme a sus tonadas, sus modismos, su perspectiva singular (que la tiene cada pueblo) de ver pasar los días.             Así, en mi primer día de campaña en Victoria, sentado en una de las diagonales de la plaza, la vi a Carmen, sentada en un banco de la diagonal que estaba frente a mí. Inconfundible, era ella. Retacona, rubia, con un pantalón negro tipo bombacha, zapatos negros más grandes de lo que podían llegar a ser sus pies, una camisa con todos los colores posibles, y coronando su testa, un sombrero galera negro, de ala ancha, que terminaba de dibujar su figura, rozando los límites de una caricatura.
            Su r…

Bolas de espejos

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El ambiente en el bowling era espeso. Música estridente que salía de una cofradía de altoparlantes, humo de cigarrillos prohibidos pero que encontraban los recovecos para escaparse, vaho de alcohol en las gargantas enrojecidas.
Ella sobresalía entre todas las demás. Sentada a unos metros de mi mesa, su sonrisa era imposible que pase desapercibida. Sus encías y sus dientes, prominentes ambos, le daban a su rostro alargado y mestizo, una belleza exótica y llamativa.
Él era el típico clase media carilindo, bien vestido peinado y afeitado. Tez blanca y sonrisa al tono.
Llegaron juntos y se sentaron junto a una pareja que aparentemente eran sus amigos, por un momento imaginé que ellos también eran pareja. Ella, levemente encorvada, de ojos tristes pero enamorados, no dejaba de mirarlo de un modo que interpreté con ternura.
No había demasiado diálogo, más bien intercambio de palabras en medio del ruido y la mayor parte del tiempo él se distrajo con su amigo mientras ella lo observaba y disimula…

HEN TICA - del Libro "Narsiza y otros cuentos"

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Se sentó en la roca que lo aguardaba hermética, desde hacía siglos, pacientemente esculpida con los susurros de la historia. Era la hora exacta, el cansancio justo, la memoria necesaria y la lucha prevista. Hen Tica enjugó el sudor de su frente con el poncho de vicuña, y escondió la mirada entre las palmas de sus agrietadas y sufridas manos de hombre  aguerrido.
     Llevaba siete días de incansable caminata. Soportando los embates de los vientos, la inclemencia del sol (el mismo que lo venía guiando para evitar que se pierda y regresara por los mismos senderos). Hen Tica se sentía fuerte en su misión. No quería siquiera mirar para atrás y llegar a añorar lo que dejaba en su pasado. Su pueblo ya no era más su pueblo. Su familia ya no era más su familia. En el camino se iba buscando a sí mismo y lo acechaba la convicción de que una vida nueva bien valía el sacrificio. Lo había visto en las aves que merodeaban su cueva. Se lo habían dejado entrever en las vigilias sus maestros.
     Hen…

Inexorablemente circular

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Luis caminaba siempre en círculos. Más bien en cuadrados, porque la ciudad estaba dividida en manzanas. No recordaba a ciencia cierta cuándo había empezado con esa costumbre, lo cierto es que ya no podía o no quería transitar la  vida de otra forma.
            Obviamente para todos, excepto para él, esto le causaba un sin fin de inconvenientes que la mayoría de las veces con un poco de ingenio se podían subsanar. Un ejemplo sería que para ir de su casa ubicada en  calle Sarmiento al supermercadito y luego volver,  a cualquier otro ser humano le bastaba con realizar un par de cuadras, ya que se encontraban en la misma calle a una cuadra de distancia. A Luis le insumía recorrer seis cuadras, porque además de caminar solamente en círculos (o cuadrados), él jamás lo hacía sobre sus pasos. Por lo tanto, cuando salía del supermercado, daba toda la vuelta a las dos  manzanas para regresar a su casa. De esta manera, decía Luis, el viaje era perfecto. De lo contrario, al volver por el mismo c…

Danza de insomnio gris

Él,
sólo Él
sabe
si fue vigilia
o sueño vívido
el momento fatal
en que mi alma
robaba a la rosa
la lágrima
de enamorado solitario,
en el rosedal
de las tristezas blancas.


Él,
sólo Él
sabe
si fue
mi brazo de espinillo
el que lastimó
la hostia consagrada
en el momento álgido
de la comunión
de nuestras savias trasnochadas.


Él,
sólo Él
sabe

Sistema de navegación

Era pasajero de un tren fantasma que empezaba su recorrido en el ventrículo izquierdo de un corazón lastimado. Desgarbado, sin hacer apología de la nostalgia su mirada se ocultaba tras unas gafas de neón. Apenas lo reconocían por sus trapos desgastados en horas y días y años de nunca acabar.
Inició su viaje como una forma de despistar a su propio destino. Nunca quiso transitar los caminos de ripio árido, ni los asfaltos ardientes bajo el sol de la galaxia de su desamor. Recorrió los ríos de sangre por todo el cuerpo que se estremecía ante cada mirada azul. El silencio de los hematocritos no hacía más que aumentar la presión que retumbaba en las paredes venosas y elásticas que lo contenían.
En el recodo del tobillo derecho cerró los ojos y se dejó llevar sin imaginar nada de nada. Su mente era un lago de plasma inerte. De cuando en cuando percibía las burlas de los muñecos que retozaban a su paso.
Hubo un instante que lo iluminó de cuerpo entero y no le quedó más remedio que abrir los oj…