El camino

      A veces nos perdemos en medio del camino solo por estar atentos al mismo. Nuestra mirada se desdibuja entre el sendero, las piedras, los arbustos, nuestros pies. Mantenemos la vista gacha, con miedo a trastabillar, a perder el equilibrio, a torcernos un tobillo. Nuestros sentidos están alertas a los más mínimos detalles de lo que tenemos por delante en los próximos metros, o mejor dicho centímetros y verdaderamente hacemos de ello un ejercicio de concentración.

       Y pasa que en el camino tropezamos una, dos, tres veces con las rocas del sendero en la montaña. Las espinas de los arbustos se ensañan con las telas de nuestras vestiduras. Nuestros pies se fatigan entre resbalón y resbalón. Las ramas de los árboles que se cruzan en nuestro camino nos obligan a doblar nuestra columna y la espalda siente el cansancio de la carga. Tal vez no sea la primera vez que transitamos el sendero. Tal vez conozcamos las bifurcaciones y las dificultades. No obstante nada impide que nuestra mente comience a sentir el agobio de las mismas.

      Si solamente nos tomáramos un minuto para detener el paso. Una milésima de segundo en nuestro paso por este camino. Si tan solo nos detuviéramos y levantáramos la vista. Tal vez seríamos capaces de reconocer el paisaje que se encuentra ahí, tan próximo y palpable. Ese mismo paisaje que contiene y da marco a la cima de la montaña a la cual queremos llegar.

      Es levantar la vista y por un segundo olvidarse del camino. Por una fracción de minuto respirar ese aire puro y sentir cómo invade nuestros pulmones y oxigena toda nuestra sangre, sentir ese fluir por todo nuestro cuerpo. Sentirnos vivos y conectados con esas montañas que son mucho más que los senderos. Por un instante recordar el objetivo. 

      Tal vez nos demos cuenta de que no estamos solos en el andar. Tal vez nos demos cuenta de que el camino es sólo el desafío. Tal vez podamos comprender que vamos yendo hacia la cima olvidándonos disfrutar la montaña en su totalidad. 

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