Semillas, somos nada más que semillas

Pareciera que la calma a la vera de nuestras venas viene a confirmar lo que en todo momento presintieron nuestras vértebras. Erguidos y tensos, como a la espera de un final abrupto e ineludible, los silencios que brotaban por los arroyos de nuestros cuerpos desbordaban los cuencos.

Nuestra existencia era efímera en sí misma y sobre todo para el entorno que nunca nos percibió, ni siquiera como una tenue amenaza. Eramos rescoldos exiguos de una tradición de la que nadie se acordaba.

Y a pesar de todo estábamos ahí. Centinelas de nosotros mismos, prefectos de un territorio vasto e inexplorado que nos correspondía por derecho propio. Lo intuíamos, lo saboreabamos, lo palpabamos, lo aspirábamos mientras el fuego que nos consumía era viento que jugaba con las velas a la deriva.

Las cenizas que esparcimos se evaporaron en el cosmos que nos engendraba. El cauce de aquél que nos dio la vida en otros tiempos fue urna funeraria ancestral de nuestra semilla.

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