Los vientos nos llevan adonde menos lo pensamos... Uno va en una dirección creyendo que sigue su destino y sin embargo estamos recorriendo los pasos de lo que alguna vez nosotros mismos caminamos. Transitamos el sendero sin tener conciencia de lo mágico que hay en ello.


El peregrinaje no siempre aparenta ser lo que es. A veces, la mayoría de las veces, el perfume que nos persigue nos recuerda a alguien y no sabemos a quien. En realidad no queremos saber. Nos da miedo saber.


Y cuando al fin, el perfume y el sendero se hacen uno en la huella que transitamos, es que una ráfaga de felicidad se incorpora en nosotros y oramos para que no se termine nunca.

Los sentidos se adueñan de las palabras y le ofrendan significados heróicos. La poesía retorna a su antigua Diosa Creadora. El templo de nuestros cuerpos ya no es más que cuencos en donde resuenan los cristales.


Reconocer los límites
Aquellos límites en los que me hundí.
Los abismos a los que me empujaste
Los tiempos en los que me olvidé.
No sé siquiera si estoy hablando de vos
O de mí en algún minuto del día.
Los caminos que nos extraviaron
Tantos baches que nos quebraron
Que nos alejaron de aquellos segundos.
Y ahora que nos volvemos a encontrar
Suenan tan lejanas nuestras voces.
Vos no sos aquella de la que me fui
No sos la que me abandonaste.
Ni siquiera sabés quién fue aquella.
Yo tampoco soy el que fue abandonado…


Y el poeta cruzó el puente. Sin saberlo. No lo supo hasta que no estuvo del otro lado.


El río que atravesó se llevó el barro y le devolvió la arena con la que se encuentra construyendo la vida nueva.


En el aire sobrevuelan melodías antiguas. La Luna sigue ocultando el rostro que nunca nos mostró. Pero sigue custodiando nuestros pasos en la noche de siempre.

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